En lo profundo del desierto peruano existe un pequeño pueblo-oasis digno de un cuento de las Mil y Una Noches. Rondando los 100 habitantes, esta pequeña mota de maleza en el medio de la nada se encuentra repleta por árboles de palmera y fuentes de agua que nutren a la única vegetación visible del área.

El lugar se llama Huacachina y se encuentra a cinco kilómetros de la ciudad de Ica en Perú, el punto de civilización más cercano al oasis. De hecho, su rareza es tan particular que hoy en día se mantiene enteramente gracias al turismo, especialmente del traído por el turismo aventura y el sandboarding.

Quizás de manera desafortunada la rareza e increíble belleza del lugar han jugado en su contra, ya que se ha vuelto un punto turístico ampliamente visitado y muchas veces colmado de turistas de todas partes del mundo los cuales, como prácticamente todos los turistas en cualquier lugar mundo, son ruidosos y no tienen tapujos a la hora de contaminar la región arrojando basura plástica. Por suerte las autoridades de Huacachina cuidan del oasis removiendo todos los días varios kilos de basura plástica.

Vista al lago del oasis de Huacachina.
Vista al lago del oasis de Huacachina, vemos como el lago está todeado de árboles y es la única fuente de vida en kilómetros a la redonda.

Esto en efecto le quita esa mística única, por así decirlo, que supo tener este bellísimo oasis en el pasado, ya que en el día de hoy para llegar al mismo simplemente hace falta tomar la autopista completamente pavimentada que va desde la ciudad hacia el oasis y realizar un viaje de unos pocos minutos. Ya no hacen falta caballos ni vehículos todo terreno, simplemente un cómodo paseo en un automóvil o bus refrigerado.

Otro detalle de interés es que en los últimos años el oasis de Huacachina ha sido completamente iluminado, desde gran parte de los árboles hasta las construcción que lo rodean. Incluso el camino pavimentado que lleva al mismo posee mucha iluminación. Esta iluminación es tan intensa por las noches que el mismo puede llegar a verse como un punto de luz desde los aviones.

Vista aérea del oasis de Huacachina.
Vista aérea del oasis de Huacachina. Podemos observar como el turismo ha llevado a la creación de varios complejos hoteleros alrededor del mismo.

Los oasis en la cultura popular y en la Historia

Los oasis y sobre todo los espejismos van siempre de la mano, y son un aspecto recurrente en la cultura popular y sobre todo en la literatura y en las películas. Son cuantiosas las películas y también la obras literarias en las cuales el protagonista, extraviado y sediento, ve lo que parece ser agua para, tras correr desesperado hacia la misma, llevarse el disgusto de encontrar solo arena.

No obstante, los oasis son comunes en los desiertos y son básicamente los lugares geográficos donde hay un punto de acceso desde la superficie a un cuerpo mayor de agua subterráneo. En la Historia los mismos siempre sirvieron para crear asentamientos tanto humanos como animales, siendo unos de los pocos puntos en los desiertos capaces de albergar vida.

En efecto, la palabra oasis en si misma, es decir su etimología, proviene de la lengua egipcia, y significa ya sea lugar de descanso o lugar de asentamiento, principalmente debido a que los oasis eran por regla general las postas de caravanas y el punto de origen de varios pueblos y ciudades en el desierto.

Camellos tomando agua de un oasis artificial.
Camellos tomando agua de un oasis artificial.

Debemos aclarar que no todos los oasis son formados por las mismas razones. Algunos, por ejemplo, son formados por ríos subterráneos como ya hemos mencionado. Otros debido a cuestiones geográficas que los convierten en ollas donde se junta el agua de lluvia y otros simplemente tienen un origen humano. En efecto, muchos oasis en los desiertos de alrededor del mundo son oasis artificiales creados por los seres humanos.

Por último nos queda aclarar que no todos los desiertos son secos, existen varias excepciones como por ejemplo Rub’al-Khali, el desierto cuya superficie se congela o el increíble salar de Uyuni en Bolivia, el espejo más grande de la tierra. El salar de Uyuni, a pesar de ser un desierto es relativamente húmedo. Otra de las grandes maravillas de nuestro planeta tierra.

En fin, las maravillas terrestres y su belleza no paran de sorprendernos y maravillarnos. Desde oasis, fuentes de vida en medio de la sequía desértica, hasta desiertos congelados. El planeta tierra es un lugar maravilloso el cual debemos preservar y cuidar.

La leyenda de su creación

La leyenda de la creación del oasis de Huacachina dice así:

En Tacaraca, centro indígena de alguna importancia, durante el período precolombino vivía una ñusta de verdes-pardosas pupilas, cabellera negra como el negro azabache que forma piedra escogida de la tierra, o quizás como el negro profundo del chivillo, el pájaro quebradino de las notas agudas, el tordo de nuestros alfalfares de las cejas de las sierras, doncella roja de curvas y sensuales contornos gallardos, como las vasijas del Sol en el Coricancha de los Incas.

Allí cerca también de las alturas de Pariña Chica, el pago de las huacas, de los enormes tinajones y las gigantescas lampas de huarango esculpido, vivía Ajall Kriña; apuesto mozo de mirada dura y fiera en el combate, como la porra que se yergue en la mano del guerreo o como la bruñida flecha de tendido arco; pero de mirada dulce y suave en la paz, en el hogar, en el pueblo, como rizada nota de música antigua; como gorjeo de quena hogareña, percibida a lo lejos por el fatigado guerrero que tras dilatada ausencia regresa.

Ajall Kriña, enamoróse perdídamente de las formas blandas, pulidas de la virgen del pueblo y un día en la confusa claridad de una mañana, cuando la ñusta llevaba en la oquedad de esculpida arcilla, el agua pura, su alma apagada y muda hasta entonces, abrió la jaula y dejó cantar a la alondra del corazón:

Mi corazón en tu pecho
cómo permitieras;
aunque penda de un abismo,
muy hondo, muy hondo o estrecho
de modo que tú me quieras
como tu corazón mismo.

La de las eternas lágrimas, la princesa Huacachina, llamada así porque desde que los ojos de su alma se abrieron a la vida, no hicieron sino llorar; no tardó en correponder el cariño hondo, fervoroso e intenso del feliz varón de los cambiantes ojos de fiereza o de dulzura, de acero o de miel.

Todas las mañanas y todas las tardes, en los cárdenos ocasos o con las rosadas auroras, Huacachina, cuyas lágrimas parecían haberse secado para siempre, entregaba a Ajall Kriña, las preferencias de su corazón, las joyas de su ternura, los incendios de su alma pura y sencilla.

Pero la felicidad que siempre se sueña eterna a los ojos egoistas de que goza, voló como el céfiro fugitivo que se escurre entre las hojas de los árboles o entre las hebras del ramaje.

Orden del Cuzco, disponía que todos los mozos se aprestaran a salir inmediátamente, para combatir sublevación de lejano pueblo belicoso. Ajall Kriña, con el alma despedazada, despidióse de su ñusta hechicera. Ella juróle amor, fidelidad, cariño y él, alegre, feliz porque comprendía con la fe y la fiebre del que quiere, que ella no lo engañaría y entregaría su corazón como aquella otra ñusta odiosa de la leyenda iqueña que enajenó su ser por el oro de la joya, la turquesa del adorno y los kilos de la blanca lana como vellón de angora, marchó con otros de su pueblo en pos de nuevos soles a develar la rebelión, a sofocar el movimiento sacrílego contra el Dios-Inca.

Ajall Kriña, con heridas terribles, abiertas, incicatrizables en el cuerpo de bronce, muere en el combate después de haber luchado como un león.

La triste nueva, pronto se comunica a Huacachina, la bella princesa de los ojos hechiceros, quien alocada, desesperada, exantrópica, al amparo de las sombras que se vienen, huye sin que lo adviertan sus padres entre los cerros y los cuchillos de arena, hasta caer postrada, abatida, jadeante, sudorosa, con el llanto que desbordándose del manantial inagotable de sus olas, caían en las arenas que como pañuelos de batista, se extendían más allá de la Huega.

Las lágrimas ruedan y siguen rodando muchos minutos; numerosos días; tiempo tal vez incontable para ella, de sus ojos inyectados por el dolor y cuando el hambre, el dolor, la tristeza, la desventura, rompen el frágil cristal de su alma y la vida huye y se aleja veloz, esas abundantes lágrimas, absorbidas por las candentes arenas, surgen a flor de tierra en el inmenso hoyo amurallado por las arenas superpurestas, después de haberse saturado, con las sustancias de la entraña de la tierra, que las devuelve por no poder resistir el contagio del inmenso dolor.

En el día, las verdes aguas pardosas se evaporan en pequeña cantidad hacia los cielos, como si fueran llamadas por los dioses para aprender del dolor y se cuenta que todavía en las noches, cuando las sombras y el silencio han empujado a la luz, al ruido, sale la princesa, cubierta con el manto de su cabellera que se plisa u ondea en su cuerpo; con ese manto negro, muy negro, pero menos obscuro que su alma, para seguir llorando su llanto de ausencia y de pesadumbre, algunas de cuyas gotas todavía se descubren en la mañana, en los primeros minutos de la luz, hasta sobre los raros juncos que a veces brotan en la orilla de oquedad; se ven sobre las innumerables hojas rugosas del toñuz tendido en sus ocios y se perciben sobre cada uno de los dientes de las hojas peinadas del viejo algarrobo, que extiende sus ramas levantándose sobre la cama de arena, para pedir a los cielos, piedad y consuelo, destinados a la princesa de la dicha rota, del ensueño deshecho, del paraíso trunco.