Los espías del pasado

Los espías fueron, son y serán una de las armas más importante de los ejércitos y potencias del mundo. Por esta razón ya desde los tiempos victorianos los mismos contaban con la tecnología más avanzada en su época, y no era para menos, ya que si un espía lograba infiltrarse en un gobierno este podía causar daños irreparables. Para muestra tenemos el caso de Alfred Redl, el espía que causó el mayor daño en la historia. Hoy hablaremos del espía enano que revolución el espionaje del siglo XVIII.

El espía enano

Ilustración del espía enano Richebourg vestido con su atuendo cotidiano de caballero.
Ilustración del Sr. Richebourg vestido con su atuendo cotidiano de caballero.

Hoy en día cuando hablamos de espías inmediatamente nos viene a la mente la imagen del galán empedernido similar a James Bond o la femme fatale que al igual que Mata Hari atonta a los hombres con su belleza logrando sacarles todo lo que deseaba. Sin embargo, lo crean o no uno de los espías más prolíficos del mundo fue un hombre de solo 58 centímetros de estatura apellidado Richebourg.

Nacido en 1768 pasó sus primeros años trabajando como sirviente para una familia de Orleans, sin embargo a la edad de 21 prontamente sería reclutado por una de las facciones de la revolución francesa con el fin de convertirlo en un pasante de información al exterior. Ciertamente un gigantesco progreso si comparamos su vida a la de otros enanos de incluso tan solo un siglo antes, condenados a servir como objeto de entretenimiento para distintos monarcas.

El método utilizado era para nada ortodoxo, Richebourg memorizaba el mensaje y acto seguido era rasurado y vestido como un niño pequeño, siendo cuidadosamente tapado con una manta. Una vez disfrazado una anciana lo hacía pasar por la frontera bajo la inocente imagen de una criada paseando al hijo de sus empleadores.

Con el tiempo la táctica empleada para obtener información fue variado y Richebourg a veces era dejado con su carrito al lado de oficiales militares, agentes del gobierno o guardias quienes accedían de manera cortés al pedido realizado por una apresurada y amable señora mayor quien les rogaba cuidar a su nieto mientras ella iba a atender unos asuntos en un lugar cercano.

Nota: debemos tener en cuenta que además del espionaje, la propaganda política comenzó a volverse muy sofisticada en el siglo XVIII, empleando técnicas de psicología a nivel social para atacar al enemigo.

Durante ese lapso de tiempo el diminuto espía trataría de captar algo de información de interés entre las charlas de los oficiales, quizás fechas en las cuales allanarían cierto edifico o la ubicación de prisioneros del rey o tal vez la existencia de depósitos de armas y pólvora. Richebourg murió en Paris en 1858 a los 90 años de edad, tras haber completado infinidad de misiones.


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