Athanasius, el microscopio y el descubrimiento de los microbios

Ya les conté varias veces de mi admiración por el gran Athanasius Kircher. El monje Jesuita apodado sabiamente como “el maestro de las cien artes” el cual no solo fue uno de los precursores de la audiofonía, como pudieron ver en el tema sobre la Musurgia Universalis, sino que, y entre tantas otras cosas, también fue el primero en plantear una teoría microbiológica sobre las pestes. Vía Medicina y Comunidad me he encontrado con una excelente traducción del texto sobre Athanasius Kircher de Scott McLemee, ensayo de gran calidad sobre la genialidad de Kircher y su odisea científico-intelectual por este mundo. En el texto de McLemee hay un párrafo que hace mención a un escrito realizado por Athanasius mientras examinaba la sangre de víctimas de la plaga con un microscopio, Kircher deduce:

“La enfermedad puede ser causada por organismos muy minúsculos que se incorporan al cuerpo desde el exterior.”

Eso no solo acredita a Kircher como el primer proponente de una teoría microbiológica, sino que más adelante en su libro, Ars Magna Lucis et Umbrae, donde habla sobre óptica y las fases de la Luna, Kircher hace referencia, por vez primera en la historia, a un microscopio. Si bien el microscopio ya existía sería Kircher quien lo nombraría, convirtiéndose así en el responsable histórico de acuñar la palabra “microscopio”.

Vemos, de esta manera, que Kircher no solo fue el primero en proponer una teoría microbiológica como vector de infección, sino que también fue el responsable de otorgarle el nombre a la herramienta más importante con la que cuenta la microbiología. Sin duda alguna para un hombre común y silvestre esto ya hubiera sido motivo suficiente como para haber pasado a la historia con laureles. Sin embargo Athanasius no era un hombre cualquiera, Kircher fue sin duda alguna uno de esos grandes que la humanidad pocas veces puede ver. Un científico aventurero y soñador tan deseoso por descubrir esa omnipresencia natural, esa búsqueda de la harmonía matemática de la naturaleza que lo harían capaz de las más alocadas hazañas, como ingresar a un volcán activo, con tal de descrubrir, de alcanzar esa verdad. Pero esa es otra historia.


Ars Magna Lucis et Umbrae




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