El último soldado de la Primera Guerra Mundial

El 25 de Julio del año 2009 fue un día que marcó una vuelta de página en la Historia de la humanidad. Ese día murió Harry Patch, el último soldado que participó en el combate de trincheras durante la Primer Guerra Mundial. Soldado que, a diferencia de muchos de los hombres que fueron a las trincheras, logró sobrevivir, y a pesar de sus 111 años y frágil salud, continuó hasta utilizar sus últimas fuerzas en advertir a las generaciones futuras sobre los horrores y la inutilidad de las guerras.

En la serie de recuentos y anécdotas que supo dejar antes de morir, una supo captar mi atención en gran medida. La misma contaba como, en un principio, los oficiales fusilaban a ciertos hombres por cobardía tras que éstos, al recibir una orden, la ignoraban por completo.

Un marine exhibiendo los efectos de la mirada de las mil yardas.
Un marine estadounidense exhibiendo los efectos de la mirada de las mil yardas tras la batalla de Eniwetok, Segunda Guerra Mundial, 1944.

La mirada de las mil yardas

No obstante, los soldados sabían que no se trataba de cobardía ni desobediencia, sino que había una razón mucho más profunda y desalentadora para este comportamiento que comenzaba a surgir en los campos de batalla modernos. No porque no existiese anteriormente, sino porque las condiciones de la guerra misma habían cambiado, volviéndose mucho más intensas y estresantes.

Con el pasar de los meses, el Alto Mando Británico confirmaría esta sospecha, y daría la orden a rajatabla a sus comandantes de no fusilar a estos hombres. Esto ya que catalogarían a los mismos como ‘enfermos de guerra’. Prontamente todos los bandos tendrían su nombre para esta condición: Kriegszitterer para los alemanes, obusite para los franceses, y shell-shock para los americanos y británicos.

Hoy lo conocemos como desorden de estrés postraumático agudo. No obstante, anteriormente, y años después del aterrador combate de trincheras y gases nerviosos, durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados comenzarían a referirse a esto informalmente como «la mirada de las mil yardas,» a partir de un artículo aparecido en la revista LIFE en el año 1944 y en alusión a la prácticamente abstracta presencia de la persona de su lugar físico.

Nota: En el artículo original la revista LIFE se refirió al fenómeno como «Los Marines la llaman la mirada de las dos mil yardas» en alusión a una pintura de un soldado en shock pintada por el artista de guerra Tom Lea de un soldado desconocido en 1944 tras la batalla de Peleliu.

Era fácil reconocerlos, hombres sentados en trincheras o búnkers con sus miradas perdidas, mirando hacia la nada, muchas veces sonriendo a pesar de estar bajo intenso fuego de artillería, ignorando todo peligro a su alrededor como si sus mentes hubiesen decidido escapar de sus maltrechos cuerpos.

Soldado australiano tras la batalla de Ypres, con su mano amputada y un claro caso de stress post-traumático. Sonriente, y completamente abstraído de la sombría escena que le rodeaba, el soldado tiene su mirada perdida en la nada, como si se encontrase en un mundo aparte, alejado de los horrores de la guerra.

En la imagen en cuestión vemos a un soldado australiano de la Primer Guerra Mundial en un improvisado hospital de campaña tras la sangrienta Batalla de Ypres, con su mano amputada junto a otros heridos. Sonriente, y completamente abstraído de la sombría escena que le rodeaba, el soldado tiene su mirada perdida en la nada, como si se encontrase en un mundo aparte, alejado de los horrores de la guerra.

Puedes leer leer las anecdotas y recuentos de Harry Patch siguiendo este enlace (en ingles).

El estudio de las emociones

Ciertamente el estudio del comportamiento y las emociones es algo que fascinó a los científicos durante siglos. No obstante, fue en los últimos dos siglos de historia que se realizaron algunos de los experimentos más llamativos y menos éticos alguna vez realizados al respecto.

Desde La fábrica de emociones de Duchenne de Boulogne en la cual se estimulaban músculos faciales con electricidad para determinar la formación de las emociones en el rostro y los experimentos del Dr. Kellogg, al criar a su propio hijo al criarlo junto a un chimpancé para así determinar cuándo la inteligencia humana divergía de la inteligencia del primate.