Los náufragos y la historia

En el año 1784 una gran tormenta del océano Pacífico sorprendió a un barco de buscadores de tesoros japoneses. Tras luchar durante gran parte de la noche contra la furia de la naturaleza la embarcación terminó yéndose a pique y llevando consigo a varios tripulantes. No obstante, en un golpe de suerte, o quizás falta de esta, 44 marineros lograron nadar hasta un islote de coral que se encontraba cercano al lugar del siniestro. Uno de estos, en un intento desesperado, enviaría un mensaje en una botella el cual llegó a destino 150 años después.

Esta es una de las tantas apasionantes historias sobre náufragos y naufragios, historias que, como la de Alexander Selkirk que inspiró a Daniel Defoe a escribir el clásico de la literatura universal Robinson Crusoe, logran atraparnos y cautivar nuestra imaginación.

El fatídico naufragio de Chunosuke

Ilustración antigua de un barco japonés.
Ilustración antigua de un barco japonés.

Allí durante algunos días soportaron el calor del impiadoso sol sobre sus espaldas esperando inútilmente hasta morir deshidratados. Muchos, enloquecidos por haber bebido agua salada a causa de la desesperación, se arrojaron a nadar solo para morir en el medio del océano. Otros, como es el caso de Chunosuke, quien además era el capitán, permanecieron en el coral con el resto de su tripulación sufriendo hasta el último segundo una muerte lenta y agonizante.

Ya carente de toda esperanza y con las últimas fuerzas que aun le quedaban en su cansado y quemado cuerpo Chunosuke grabaría la travesía y el sufrimiento de su tripulación en una tablilla de madera, el cual, tras introducirlo en una botella, arrojó a las aguas con la esperanza de que esta algún día fuese llevada a su familia. Desafortunadamente la botella nunca llegó a manos de su familia y esta permaneció durante generaciones flotando en el océano.

Un día de 1935, unos 151 años más tarde de que Chunosuke la arrojara a las aguas en junto a sus últimas esperanzas y fuerza que le quedaba en su cuerpo, increíblemente la botella llegaría a las cosas del mismo poblado donde éste había nacido.

Desafortunadamente el coral fue el último destino del desafortunado capitán, pero al menos, más de un siglo y medio más tarde finalmente pudo tener algo de paz tras que su mensaje llegara a ese mismo pueblo que lo vio crecer y convertirse en un hombre. Tras enterarse de esto los pobladores realizaron un funeral para el capitán y su tripulación, rindiéndole homenajes y recordando lo que podían de ellos a través de sus descendientes y las bóvedas familiares de los mismos.


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