El ruiseñor lamenta, a la sombra del álamo, la pérdida de sus hijos, que, aún sin plumas, le fueron arrebatados del nido por algún rudo labrador. Toda la noche clama y, posado sobre un retoño, reinicia su canto doloroso y llena lo bosques con su triste lamento.

Virgilio, la Eneida.

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