Espías de principio de siglo

Los principios de del siglo XX fueron quizás los años más difíciles para las potencias en guerra europeas, ya que el espionaje moderno tal y como lo conocemos comenzó a tener origen. Desde Alfred Redl, considerado como el espía que más daño causo en la historia, de hecho se cree que sus reportes a Rusia le costaron al Imperio Austro-Húngaro unos la muerte de 500 mil soldados, hasta el avance tecnológico que comenzaba a hacer estragos en los secretos de estado, como por ejemplo la utilización de palomas cámara.

Wilhelm Voigt, el gran embaucador

Fotograf'ia de la estatua de Wilhelm Voigt.
Estatua de Wilhelm Voigt, tras convertirse en héroe popular..

Un día como cualquier otro de 1906 un alemán llamado Wilhelm Voigt se levantó con la intención de cambiar su empobrecido y simple estilo de vida, y no exactamente de manera honrada. Con este fin se dirigió a una tienda de rezagos militares y tras un intenso regateó con el vendedor, al que convencería de haberle dado una valiosa estampilla la cual en realidad no valía nada, logró obtener un uniforme de capitán descartado del ejército prusiano. Si bien el uniforme en si mismo estaba desgarrado y tenía infinidad de agujeros, no era algo fuera de lo común en esa época que se utilicen uniformes desgastados debido a las varias limitaciones económicas de la Alemania de principios del siglo XX.

Acto seguido, y con un porte señorial y un caminar tan altivo que inhibiría hasta el más valiente, aparece en las barracas de Köpenick y ordena a un sargento y cuatro granaderos que le acompañen. Estos, al ver a tan imponente capitán, que por cierto nunca antes habían visto, no cuestionaron ni por un momento la orden y lo siguieron en su marcha.

Los soldados se sorprenderían cada vez más al ir dándose cuenta que su viaje tenía como meta las oficinas del gobierno de la ciudad, no obstante, continuaron marchando sin objeción alguna. Una vez allí, «el capitán» les ordena que arresten a Rosenkranz, el secretario del gobernador, y a Georg Langerhans, el gobernador mismo, bajo los cargos de corrupción y desfalco del tesoro público.

Los hombres perplejos por semejante orden pero temerosos de tan rígido capitán procedieron a atar a los «culpables» de tan grave crimen mientras al mismo tiempo Voigh tomaba como «evidencia» 4000 marcos y 70 pfennigs.

Tras el arresto le ordena a dos de los hombres permanecer realizando guardia en las oficinas y al sargento y los otros dos granaderos a llevar a los «culpables» a Berlín para que sean interrogados. Luego de dar las ordenes el «capitán» se dirige hacia la estación de tren y desaparece. Sus engaños y creatividad, con el pasar de las décadas harían que este se convierta en un héroe popular.


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