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El psicólogo que se especializaba en traumatizar a sus pacientes

El pequeño AlbertEn varias oportunidades hemos hablado sobre experimentos realizados durante los inicios y mediados del siglo XX que, a pesar de ser considerados como poco éticos en el presente, eran en ese entonces aceptados en pro del avance del conocimiento y, por lo tanto, practicados por algunos de los profesionales más respetados en el mundo académico. Recordarán el experimento de Kellogg, en el cual Winthrop N. Kellogg expuso a su hijo recién nacido a criarse junto a un chimpancé para así estudiar las diferencias en la capacidad de aprendizaje entre ambas especies, la fábrica de emociones de Duchenne de Boulogne, los experimentos con LSD del ejército británico, la obsesión del profesor Voronoff o las hijas de la ciencia entre otros. No obstante, la diferencia entre los experimentos anteriores y del que hablaremos hoy, el experimento sobre la adquisición de fobias del doctor John B. Watson, radica en que si bien extremos, éstos no buscaban causar un daño sobre los pacientes. No así con el experimento de Watson, que efectivamente tuvo como meta final el ver si mediante estímulos externos se podrían llegar a causar desordenes de comportamiento en seres humanos.

Adquiriendo fobias
El pequeño AlbertEl experimento ocurrió en la prestigiosa institución universitaria Johns Hopkins durante la segunda década del siglo XX. En el mismo, el ya por ese entonces afamado psicólogo John B. Watson, pionero en la escuela del estudio del comportamiento observable, se dispuso a realizar una serie de pruebas en un niño de nueve meses llamado Albert, supuesto hijo de una de las amas de crianza del hospital universitario -practica ya totalmente en desuso en Occidente, aunque aun practicada en otros lugares del mundo, en la cual se empleaba a una reciente madre de bajos recursos para que utilice parte de su leche materna para amamantar a otros niños- a la cual no se le comunicó precisamente al alcance y la extensión de lo que se buscaba con los experimentos. Watson tenía como teoría que el miedo irracional y las fobias hacia ciertos objetos, ya sean animados o inanimados, eran comportamientos adquiridos. Teorizaba en su trabajo que los humanos nacían sin ningún tipo de temor, y que estos miedos eran más bien el resultado de experiencias chocantes durante los primeros meses de vida. Experiencias que podían ser activadas mediante estímulos asociados a las mismas, por lo que, incluso sin que esté presente el objeto causante de dicho temor, Watson creía poder activar el comportamiento buscado solamente con traer cerca del paciente el estímulo asociado con el mismo. Obviamente el académico había sido fuertemente influenciado por los estudios de Ivan Pavlov en el comportamiento reflejo de los perros, estudios muy famosos y mencionados incluso al día de hoy.

El pequeño AlbertDe manera sorprendente una de las tareas más simples del experimento fue el conseguir el paciente sobre el cual experimentar. Algo ciertamente impensado en el presente donde incluso las investigaciones más costosas tienen que sortear gran cantidad de papeleo y tiempo de espera para acceder a seres humanos. Debiendo además atenerse rigurosamente a estrictos códigos de conducta y regulaciones, incluso cuando se trata de pacientes terminales que aceptan tratamientos experimentales como último recurso. Algo muy bueno ciertamente y señal de que, a pesar de hacer más dificultoso el trabajo de los investigadores, se ha ganado un mayor respeto por la vida humana.

Los miedos de Albert
Watson se propuso junto a Rosalie Rayner, su asistente, documentar sus hallazgos siguiendo un meticuloso método de experimentación en el cual se expondría a Albert a distintas pruebas emocionales a partir de las cuales, al cabo de un tiempo, podrían llegar a observarse cambios inducidos en el comportamiento en el infante. Para ésto, obviamente, primero debió de establecer si Albert ya sufría previamente de algún miedo, por lo que en primera medida se expuso al pequeño a objetos que luego iban a ser utilizados en la inducción de temores. Un conejo, una pequeña rata blanca, un perro, máscaras e incluso un mono eran algunos de estos objetos de prueba, a todos, el niño reaccionó sin temor. Mostrando incluso curiosidad y alegría por algunos.

El pequeño AlbertUna vez definido que no existía temor hacia los objetos que se iban a utilizar en las pruebas, Watson comenzó con su serie de experimentos. Como ya hemos mencionado, el mismo intentaba crear dos tipos de comportamiento: el primero y más simple era el de causar temor en el niño al presentarlo ante uno de los objetos seleccionados para éste fin; el segundo objetivo era el de crear un estímulo capaz de causar temor por si mismo aunque ninguno de los objetos temidos esté presentes. Incluso, Watson creyó poder llegar a remover dichos temores al traer los objetos causantes de los mismos y suministrar un estímulo placentero en las zonas erógenas del pequeño, una especie de anti-estímulo al estímulo original. Básicamente, el experimento se basó en una progresión que iría de un estímulo pasivo, el sonido estridente causante de una respuesta de temor pasiva, a un estímulo neutral, la introducción del objeto seguido del sonido estridente -asociando condicionalmente la respuesta de temor con el objeto-, a un estímulo condicional seguido por las respuestas de temor condicionadas causadas ya por mera introducción de los objetos.
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La serie de experimentos con seres humanos más grande de la historia

La Operación Whitecoat, llevada a cabo por los Estados Unidos, es hoy día considerada como uno de los experimentos con humanos más grandes de la historia. En plena Guerra Fría la posibilidad de un ataque bacteriológico por parte de la Unión Soviética era considerada como algo muy probable, razón por la cual el Departamento de Defensa de ese país y otros organismos gubernamentales comenzaron a diseñar varios planes de creación acelerada de antibióticos y vacunas efectivas para varios agentes infecciosos sin cura conocida.

Operación WhitecoatObviamente para esto necesitaban probar dichas vacunas en personas enfermas, personas que debían ser registradas y observadas durante todo el proceso para así obtener mejores datos. La primer respuesta sería utilizar soldados, razón por la cual el programa tendría base en el fuerte Detrick, en Maryland. Razón por la cual, tras acondicionar las instalaciones del mismo, hombres jóvenes, muchas veces reclutas, serían expuestos a todo tipo de infecciones. Infecciones que iban desde la fiebre amarilla, la hepatitis A y la tularemia hasta incluso la encefalitis equina. Tras ser infectados, eran puestos durante un tiempo en vigilancia y luego suministrados con la “cura” experimental. Todo supervisado ante la atenta mirada de los científicos involucrados en la operación.

No obstante, rápidamente los soldados comenzaron a revelarse y a negarse a ser infectados, por lo que se organizó un masivo paro general a manera de sentada. Con sus planes detenidos, algo que ciertamente no era aceptable, los responsables del proyecto rápidamente encontrarían nuevas personas en las cuales probar las vacunas experimentales. Cristianos adventistas, que por motivos religiosos eran objetores de conciencia, es decir, se negaban a formar parte del ejército o participar en guerras. Continue reading La serie de experimentos con seres humanos más grande de la historia

Tuffi, la elefanta que saltó al vacio desde un tren aéreo

La historia de Tuffi es tan estrafalaria como llamativa. La misma tuvo lugar en Alemania, en una época en la cual los animales no gozaban con las protecciones con las que cuentan hoy, y los circos urbanos de animales eran moneda corriente en todo el mundo. Tuffi era otro de esos tantos animales que, en vez de encontrarse en su medio natural, debía servir para divertimento humano. Una elefanta de circo de tres años que a merced de los deseos de su director, Franz Althoff, sería montada en un vagón de mono-riel aéreo en la ciudad de Wuppertal para ser exhibida a manera de publicidad para el circo un 21 de julio de 1950.

Tuffi saltanto
(click para ver la imagen completa)

Por supuesto que a Tuffi no le gustaría nada la idea, y con cada pizca de velocidad que ganaba el tren comenzaría a ponerse más y más nerviosa. Esto, en conjunto a las risas de los pasajeros y las luces de las fotografías, llevaría a que la joven elefanta enloqueciera, ignorando las órdenes de su cuidador y arrasando con el vagón entero. Desesperada, pero inteligente como todo buen elefante, decidiría saltar del vagón en movimiento hacía el río Wupper. Una caída de cinco metros que, por suerte, sólo le causaría algunas heridas menores. Increíblemente, lo ocurrido sería captado de pura casualidad en una fotografía.

Tuffi sobrevivió, afortunadamente no habiendo causado ninguna muerte en el vagón durante su histeria producto del estrés. El director sería despedido y Tuffi vendida a otro circo más piadoso. De hecho vivió durante muchos años más, muriendo en 1989, casi 40 años después, y habiéndose convertido prácticamente en todo un icono para Wuppertal, con canciones y libros infantiles en su honor e incluso una gran pintura de lo ocurrido en el mismo lugar en el que saltó desesperada al río años atrás.

Tuffi y su director Tuffi va en camino Tuffi siendo cargada en el tren

Gracias Pablo Mana por la info sobre el Schwebebahn de Wuppertal 🙂 .

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Ya hablamos en otras oportunidades sobre elefantes, por desgracia, con peores destinos:
La elefanta electrocutada por Edison a manera de publicidad y otros elefantes condenados a muerte.
Elefantes utilizados en la guerra.

Experimentos con drogas y ácidos realizados por el ejército

A lo largo de los años varias agencias militares vieron en las drogas ácidas un candidato atractivo para diseñar armas que alocaran a los soldados enemigos previamente a un ataque, haciendo, de esta manera, que una invasión sea relativamente fácil.

Varios experimentos fueron realizados con este fin utilizando animales, entre ellos el más famoso es el del elefante Tusko el cual tras haber sido administrado con una masiva dosis de LSD enloqueció al punto de derribar varias paredes del complejo y sembrar el caos entre los científicos presentes. Otros, ya más avanzados, fueron realizados en seres humanos.

Experimentos de coordinación en equipo


Experimento del ejército estadounidense en el cual se hacía marchar a las tropas normalmente y luego se comparaba su marcha bajo los efectos del LSD.

Experimentos de racionalidad


Se le daba una misión a un grupo de soldados y veían como estos intentaban completarla bajo los efectos del LSD.

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Experimento realizado con un artista al cual se le suministró LSD y se le pidió que dibuje.

Los Victor Frankenstein de la vida real

“Frankenstein o el moderno Prometeo” es, sin duda, la obra maestra de Mary Shelley, no importa si se ha leído el libro o se han visto las innumerables adaptaciones al cine y la T.V. , prácticamente todas las personas que saben de la historia han catalogado el proceso de creación de la criatura como mera fantasía…bueno, a menos que conocieran estas historias.

El doctor Robert L. White y el doctor Vladimir Demikhov fueron 2 doctores que han pasado a la historia por sus técnicas poco ortodoxas (bizarras) en el quirófano, estos médicos se especializaron en el estudio experimental de transplantes, ganándose a pulso calificativos como “Los verdaderos Frankensteins”.

Vladimir Demikhov
El doctor Demikhov (1915-1998) fue uno de los pioneros soviéticos de la cirugía moderna, comenzando sus experimentos en animales a mediados de la década de 1940 (en 1946 Demikhov reemplazó los aparatos circulatorio y respiratorio de un perro sin usar máquina alguna soporte vital) llegando a su clímax en 1952, al lograr exitosamente transplantarle un corazón a un perro (adelantándose varios años al transplante del doctor Barnard), con esto, se afirmó que la operación era “el mayor éxito médico soviético”.

Sin embargo, su experimento más notorio fue el trasplante de cabeza que realizó en 1953, Demikhov, por increíble que parezca, logró insertar la cabeza de un cachorro al cuerpo de un mastín adulto, los médicos observaron como el perro “anfitrión” sufría un rejuvenecimiento tras la operación, incluso, se llegó a observar a ambos perros salivar y tener sed al mismo tiempo, el animal murió varios días después de la operación.

Robert L. White

El doctor White encontró su vocación de médico en 1942, siendo todavía un estudiante en el co5egio LaSalle de Minneapolis, durante una clase de anatomía, el profesor puso a prueba a sus alumnos, pidiéndoles que diseccionaran el cráneo de una rana para exponer su cerebro, con la condición de no dañarlo para nada, la sorpresa del maestro fue al llegar a la mesa del joven White, pues había realizado un corte perfecto, sin haber dañado en lo más mínimo el cerebro del anfibio, incluso su profesor, incrédulo de lo que veía, le dijo “deberías ser un neurocirujano”.

En 1964, el doctor White realizó un experimento similar al Demikhov (de hecho, fue su inspiración), insertando la cabeza de un perro que había muerto recientemente al cuello de otro, de mayor tamaño, sin embargo, este perro solo vivió durante algunas horas

El 14 de Marzo de 1970 el doctor White realizó su operación más osada, con ayuda del doctor Yoshiro Takaoka. Primero, seleccionó a dos monos (a los que catalogó como mono A y mono B), luego les corto la cabeza a ambos y sin tiempo que perder, logró transplantar la cabeza del mono A al cuerpo del mono B y viceversa, sin embargo solo uno de los monos sobrevivió, el mono B con la cabeza del mono A logró parpadear, reaccionar a estímulos sonoros y alimentarse, sin embargo, al serle rota su columna vertebral (y no poderla unir a la de la cabeza del otro mono), el simio quedó cuadraplégico, aunque se le instaló en un arnés, solo pudo mover los músculos de su cara, el mono, vivió solo unos pocos días.

Sin embargo, el Doctor White declaró en una entrevista “El objetivo no era mantenerlo con vida, sino mostrar que es posible el procedimiento”.

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Personas asesinadas por sus invenciones.