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Owney el perro viajero

Una fría mañana hace 120 años atrás, en la oficina postal de Albany, New York, los trabajadores que se encontraban catalogando las bolsas del correo hallarían un paquete muy particular. No era una carta, ni mucho menos una encomienda, sino que se trataba de un cachorro que, por alguna razón desconocida, terminó durmiendo en medio de una pila de bolsas de correo ferroviario.

Owney sería llamado, y se criaría entre paquetes y bolas con sobres y notas. Rápidamente descubría que los trenes eran un excelente refugio al frío neoyorquino. Refugio que, curiosamente, siempre lo hacía despertar en un lugar distinto del que se había ido a dormir. No obstante, no importaba cuan lejos terminase de la oficina en Albany. Owney siempre encontraba el camino de vuelta. Viendo esto, los trabajadores decidieron ponerle un collar y una chapa identificatoria.

Pasarían los años y los cientos de viajes y prontamente la historia del “perro de la suerte”, título que obtuvo ya que ninguno de los trenes en los cuales viajó sufrió accidentes o atracos, correría por todas las estaciones. Eventualmente se haría costumbre el ponerle una medalla o etiqueta de correo indicando el lugar por el que había andado en su travesía. Tarea simple gracias a su carácter amistoso y festivo.

Sin embargo, sus aventuras no sólo se confinarían a los trenes ni al territorio de los Estados Unidos, sino que llegaría subirse en barcos a vapor y, junto al correo internacional, llegaría a conocer Asia y Europa. Siempre siendo enviado de nuevo a su hogar gracias a su medalla indicándolo como “Propiedad de la oficina postal de Albany”.

Owney acumularía durante 11 años de aventuras alrededor de 1017 medallas, estampillas y otras identificaciones que marcaban la infinidad de destinos a los que sus patas habían tocado suelo. Incluso, hasta sería filmado y fotografiado. Su muerte llegaría en 1897 a causa de una herida de bala. “Accidente” del que nadie nunca supo el verdadero por qué.

Hoy su cuerpo embalsamado junto a sus medallas, cartas y notas recibidas, se encuentran en exposición en el Museo Postal.

El mensaje en una botella de Chunosuke Matsuyama

En el año 1784 una gran tormenta del Pacífico sorprendió a un barco de buscadores de tesoros japoneses. Tras luchar durante gran parte de la noche contra la furia de la naturaleza la embarcación terminó yéndose a pique y llevando consigo a varios tripulantes. No obstante, en un golpe de suerte, o quizás falta de esta, 44 marineros lograron nadar hasta un islote de coral. Allí durante algunos días soportarían al impiadoso sol sobre sus espaldas esperando inútilmente hasta morir deshidratados. Muchos, enloquecidos por haber bebido agua salada a causa de la desesperación, se arrojarían a nadar solo para morir en el medio del océano, otros, como es el caso de Chunosuke, quien además era el capitán, permanecerían en el coral con el resto de su tripulación. Ya desesperanzadado y con sus últimas fuerzas Chunosuke grabaría la travesía y el sufrimiento de su tripulación en un fragmento de madera, el cual, tras introducirlo en una botella, arrojó a las aguas con la esperanza de que esta algún día fuese llevada a su familia. Desafortunadamente la botella nunca llegó a manos de su familia y esta permaneció durante generaciones flotando en el océano. Un día de 1935, unos 150 años más tarde de que Chunosuke la arrojara a las aguas, increíblemente la botella llegaría a las cosas del mismo poblado donde éste había nacido.

Enlaces relacionados
― Una gran recopilación, en inglés, de mensajes en botellas perdidas aquí y aquí.

Galileo, Kepler, los anagramas y la casualidad

En el siglo XVII Galileo anunciaría una serie de descubrimientos valiéndose de crípticos anagramas para evitar que estos cayeran en las manos erradas. Este sería el principio de una serie de casualidades que llevarían a Kepler a tratar de resolverlos, fallando en todos sus intentos. Sin embargo, de manera extramadamente curiosa y casual, a pesar de haber estado errado en el contenido real de los anagramas y haber decodificado por error algo completamente diferente a lo que escribió Galileo originalmente, Kepler “descubriría” las dos lunas de Marte y la mancha de Júpiter.

Al descubrir algo que le era imposible de explicar Galileo enviaría una carta al embajador toscano en Praga en agosto de 1610 cuyo contenido se constituía de un texto muy extraño: SMAISMRMILMEPOETALEUMIBUNENUGTTAUIRAS. Su destinatario, al leer el mensaje, quedó perplejo ante la extrañes del mismo. Razón suficiente por la que lo enviaría a una persona cuya genialidad y fama de decodificador eran mundiales, ni mas ni menos que Kepler.

Al recibir el mensaje Kepler inmediatamente descubrió una secuencia en latín a la que, debida su pobre gramática, denominaría “un bárbaro verso latino”. Este decía: Salve umbistineum geminatum Martia proles -Salve, ardientes gemelos hijos de Marte-. Al instante, y más aun ya que estaba en acordancia con sus ideas geométricas del universo, Kepler creyó que Galileo había descubierto dos satélites marcianos. Infortunadamente esa no era la solución del mensaje, pero en una gran casualidad de la historia la interpretación de Kepler no estaba errada… ya que siglos después se descubrirían Deimos y Fobos.

Viendo que el mensaje permanecía volando por el éter sin solución Galileo unos meses después decide revelarle el contenido al Emperador Rodolfo. Este era: Altissimum planetam tergeminum observavi -He observador el planeta más alto en triple forma-. Anunciando de esta manera el descubrimiento de los anillos de Júpiter.

El otro anagrama, Kepler vuelve a estar correctamente errado
Pasado unos meses Galileo envía otro anagrama, esta vez a Julián de Médicis, con el texto: Haec immatura a me jam frustra legunturoy. Kepler, decidido a resolverlo por una cuestión de honor, tras un tiempo piensa haber descubierto el siguiente mensaje: Macula rufa in Jove est gyratur mathem, etc -en Júpiter hay una mancha roja que gira matemáticamente-. Otra vez Kepler vuelve a estar errado en la resolución del mensaje… sin embargo dos siglos después se descubriría que de hecho Júpiter posee una gran mancha roja giratoria.

Al no ser resuelto Galileo revela el contenido real del mensaje: Cynthiae figuras aemulatur mater amorum -La madre del amor emula la forma de Cynthia-. Galileo anunciaba con este mensaje haber observado que Venus presentaba fases como la Luna, confirmado de esta manera que dicho planeta gira alrededor del Sol.