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Kudzu, la planta japonesa que devora el sur de los Estados Unidos

Hace un tiempo habíamos hablado sobre cómo las regiones evacuadas de Fukushima han sido rápidamente cubiertas por la vegetación local. Si bien esto es común, la naturaleza es de hecho implacable reapropiando espacios, lo llamativo era la velocidad con la que todo ocurrió. Esto se debe principalmente a un tipo de planta: el Kudzu.

El Kudzu es una planta nativa del sudeste asiático del género de las Pueraria. Las mismas son enredaderas perennes, resistentes a los insectos y relativamente tolerantes al frío. Se reproducen principalmente de manera asexual mediante esquejes producidos por sus estolones, los cuales echarán raíces y desde allí comenzarán su propia expansión. En otras palabras, la planta irá constantemente formando nuevos nodos, por lo que necesita expandirse rápidamente buscando espacios para dichos nodos. Pero lo que hace al kudzu una especie tan invasiva es que esta también puede reproducirse mediante semillas transportadas por el aire. Es decir, se expande rápidamente por el suelo y además puede extenderse a través de grandes distancias geográficas. Como si lo anterior fuese poco, en la década del 90 se descubrió que incluso si se arranca la planta su raíz puede permanecer durmiente durante más de tres años en el suelo y luego brotar nuevamente.

En el 1876 durante la Exposición del Centenario en Filadelfia, Pensilvania en la cual se festejaban los 100 años de independencia de los Estados Unidos, el pabellón de Japón constaba de un bello jardín japonés adornado con plantas y árboles del país asiático. Uno de estos vegetales traídos a la exposición fue el kudzu, y rápidamente capturó el interés de los visitantes quienes fueron cautivados por su aroma y el uso artístico que se le había dado para cubrir puentes y estructuras del jardín. La planta se volvería relativamente popular en los jardines y parques de Pensilvania.

No obstante, durante la década del 40 el problema de la erosión del suelo a causa del cultivo incesante del algodón en los territorios del sur de los Estados Unidos se había vuelto un problema de estado. Lo que llevó al presidente Franklin D. Roosevelt a iniciar una campaña federal para tirar semillas de kudzu por todo el sur, esperando que su rápido crecimiento ayude a sostener el suelo. Si bien en efecto el kudzu es muy efectivo para combatir la erosión del suelo y también sirve como fuente de alimento para el ganado, el clima del sur de los Estados Unidos resultó ser mucho más favorable que el clima de Pensilvania, un estado del norte. Este clima soleado y los suelos ricos en minerales de la región hicieron que la planta comenzara a expandirse mucho más rápido que en Asia o Pensilvania. En el punto más crítico de la “epidemia del kudzu” este llegó a cubrir una extensión de 610 km2 por año. Cientos de millones de dólares fueron invertidos para detener la expansión violenta de esta especie invasiva, pero nada parecía funcionar ya que el uso de herbicidas estaba restringido debido a que la expansión se daba principalmente en territorios agrarios y poblaciones rurales y la planta parecía tener una resistencia natural contra los herbicidas de menor intensidad. De hecho, el Dr. James Miller, contratado por el Servicio Forestal de los Estados Unidos, descubrió que de los 6 herbicidas aprobados por el gobierno al momento del estudio, la planta era inmune a tres, poco afectada por dos y el último incluso la ayudaba a crecer más rápido. La solución llegó desde China y Japón: resulta que el kudzu tiene un enemigo natural: las cabras. Por lo que durante los años 70 y 80 comenzaron a soltarse decenas de miles de cabras de angora en las áreas más afectadas para así combatir el crecimiento sin control de esta especie.


(Fe de errata, en la imagen pueden verse ovejas devorando kudzu.)

De todas maneras, y si bien las cabras han ayudado en los Estados Unidos, todavía no hay una solución definitiva y en el 2009 se ha detectado la existencia de kudzu en Canada y Australia.

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El abate Moigno, el fonógrafo y la turba iracunda

La terquedad humana no tiene límite alguno y desgraciadamente los ejemplos se repiten una y otra vez. Recordarán cuando hablábamos sobre Tesla, y como en su primera demostración pública del control remoto lo acusaron de tener en el bote prototipo un enano escondido por lo que la muchedumbre casi lo lincha.

El abate Moigno era un monje del siglo XIX muy interesado en la ciencia, y de hecho fue un pionero de la divulgación científica intentando llevar a las masas las maravillas de la tecnología. Cuando Moigno se enteró de un dispositivo para grabar la voz humana el fonógrafo de Edison quedó fascinado e inmediatamente leyó todo lo que pudo encontrar al respecto, incluso tras un gran esfuerzo consiguió un aparato en parte construido por él mismo. Decidido a hacer famosa esta maravilla de la mecánica realizó una trágica gira por París. En la primer demostración llevada a cabo en la comuna lo acusaron de embaucador y lo encarcelaron durante un par de días; en su segunda demostración en las afueras de París, a pesar de ser un monje, lo acusaron de brujo espiritista e intentaron lincharlo y en la tercera demostración su aparato se vio fuertemente averiado cuando uno de los caballeros presentes se asustó y le disparó con su pistola.

Frustrado al no poder hacer comprender al público de la utilidad esta maravilla se dirigió esperanzado a la Academia de Ciencias de Paris, sin embargo el resultado no fue mucho mejor. El físico Sir William Barret, amigo de Moigno, relató con indignación el hecho:

“[…]cuando el abate Moigno, un conocido divulgador científico, mostró por primera vez el fonógrafo de Edison a la Academia de Ciencias de París; el abate mismo me explicó lo ocurrido. Todos los sabios presentes declararon, siguiendo al profesor Tait, que la reproducción de la voz humana por un disco de acero era físicamente imposible, debido a las sutiles formas de las ondas producidas por el habla, aunque admitían que la música podría transmitirse de este modo. El abate fue acusado incluso de tener escondido un ventrílocuo debajo de la mesa. Dejó la habitación disgustado”

Tait se fue insultando y el público no dejó de reírsele en la cara a Moigno. No obstante, a Edison le fue mejor, ya que en su demostración ante la Academia Americana de Ciencias en Washington ocurrida en 1876 se vio obligado a desarmar su invento para demostrar que no había ningún ventrílocuo enano escondido en su interior.

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