Category Archives: Historia pre-moderna (S16 al S19)

Sabrina y Lucrecia, las huérfanas utilizadas en un experimento para crear a “la esposa perfecta”

Thomas Day fue un afamado escritor británico que luchó a través de su obra contra la esclavitud. Sus libros y artículos inspiraron a decenas de miles de personas en el mundo angloparlante a tomar una posición en contra del comercio de seres humanos en el Atlántico, y es por esta razón que se lo recuerda generalmente de manera positiva. No obstante, Day tuvo un pasado siniestro. Preocupado por no poder encontrar a su “esposa perfecta” e inspirado en el tratado de Rousseau denominado Emilio, o De la educación, este hombre, icono de la lucha contra la esclavitud, irónicamente decidiría adoptar a dos niñas huérfanas y criarlas como sirvientes sujetas a un riguroso programa de entrenamiento con el fin de convertirlas en el prototipo de la “esposa perfecta”.

Debido a su alta posición social Day envió en 1769 a uno de sus amigos, John Bicknell, a recorrer los asilos de huérfanos y hospitales de niños ingleses con el fin de encontrar a dos niñas “sanas y bellas”, quienes al igual que el Emilio de Rousseau debían ser huérfanas y no presentar impedimentos físicos ni intelectuales. Bicknell escogería a Sabrina Sydney, y otra niña llamada Lucrecia para luego entregárselas al escritor y así comenzar con el macabro y abusivo experimento. Experimento que planeó junto a su colega, el escritor y hombre de ciencia Richard Lovell Edgeworth, durante más de un año de manera meticulosa y organizada.

Day llevaría a las niñas a Paris para comenzar con su “proceso de educación” enteramente basado en el tratado anteriormente mencionado de Rousseau según su propia interpretación de la obra. El proceso incluía remover del entorno de las niñas cualquier “frivolidad” así como un desprecio general a los lujos excesivos por lo que las comidas y los cuartos de las chicas eran extremadamente austeros y su educación severa e intensiva. El experimento además requería que estas viviesen de manera aislada de la sociedad, sólo teniendo contacto con sus tutores, por lo que de hecho Day eligió sirvientes que sólo hablaran en francés, con el fin de evitar que las niñas pudiesen comunicarse con estos. El escritor era desmedidamente abusivo, empleando castigos tales como quemar las manos de las niñas con cera de velas, arrojarlas a un lago cercano durante el invierno e incluso disparar armas de fuego cargadas con cartuchos de fogueo hacia las mismas. Su extrema riqueza, la cual había heredado a una temprana edad, le permitió comprar los favores de las autoridades y otras personas de poder por lo que este se pudo mover constantemente al margen de la ley.

El hombre volvió a Inglaterra sólo con Sabrina, ya que, según las cartas que este le envió a su amigo y confidente Edgeworth, “Lucrecia era estúpida y una pérdida de tiempo”. Al cabo de unos años, con Sabrina ya siendo una adolescente, Edgeworth imploró a Day permitirle llevar a la joven una vida normal e incluso aprender un oficio. Day aceptó este cambio, pero no pasaría mucho tiempo hasta que este ordenara su regreso para así proponer a la misma una “oferta matrimonial”. Si bien la joven en un principio aceptó la oferta, muy posiblemente movida por el miedo, Day canceló de manera violenta y brusca la boda tras que lo ofendiera al entablar una conversación con una pareja de extraños.

Por fortuna para Sabrina la joven pudo alejarse del escritor, y encontrar refugió y un oficio como aprendiz de costurera. Años más tarde el mismo Bicknell, quien se sentía culpable y con remordimiento por lo ocurrido, le ofreció matrimonio en 1783 y juntos tuvieron dos hijos. Si bien durante los primeros años del siglo XIX la memoria y el legado de Day intentaron ser protegidos por la escritora Anna Seward y Richard Lovell Edgeworth en dos libros que describían a Day como un hombre amable que trató a las niñas con cariño como si fuesen sus propias hijas, fue Sabrina quien tuvo la palabra final al describir de manera detallada y contundente los abusos sufridos por ella y Lucrecia, tildando a Thomas Day de ser un abusador y haberlas criado prácticamente como esclavas al servicio de sus perversiones.

Giuseppe Ferlini, el mercenario italiano que demolió 40 pirámides

En muchas de las tumbas egipcias y de las culturas del Nilo, como el Reino de Kush, generalmente se solían dejar tesoros y alimentos para ser utilizados por la fuerza vital que al morir abandonaba el cuerpo, fuerza que en Egipto se solía denominar como el ka. Además del ka también existía el ba, la cual era la esencia de la persona y permanecía unida al cuerpo físico (el khat) tras la muerte. Muchos de los ritos funerarios de las culturas del Nilo estaban orientados a liberar el ba para que este se una con el ka y así formar el akh. Si lo anterior no se cumplía entonces el difunto entraba en un estado de se-akh, un fantasma perdido entre dos mundos. Si bien lo anterior variaba de cultura en cultura, la influencia y el dominio egipcio a través de los siglos llevó a que esta fuese la creencia reinante a lo largo y ancho del de las culturas del Nilo.

En un principio se creía que sólo el faraón, o el rey en el caso de los cushitas, tenían un ba, pero esto luego se extendió a casi toda la población. El concepto de akh ayudó a preservar las tumbas y pirámides, ya que los ladrones de tumbas temían perturbar el proceso y enfurecer a un se-akh.

(Vemos la gran cantidad de pirámides con sus partes superiores demolidas.)

Por supuesto que nada de lo anterior le interesaba a Giuseppe Ferlini, un cirujano militar boloñés de la primer mitad del siglo XIX devenido en profanador de tumbas. Si bien en Anfrix ya habíamos hablado de un sultán que intento destruir varias pirámides, la diferencia con Ferlini es que este poseía explosivos.

El médico no era alguien ya de por si con mucho honor, en un principio se había asociado como mercenario al ejército de Egipto durante la Conquista de Sudán, y tras conocer a un mercader y traficante de reliquias albanés llamado Antonio Stefani desertó en 1834 para organizar una expedición hacia la necrópolis de Meroe. Un sitio arqueológico al norte de Sudán a unos 100 kilómetros de las orillas Nilo y rico en reliquias de las últimas dinastías del Reino de Kush, las cuales debido a la influencia egipcia seguían en gran parte los mismos ritos funerarios y creencias de los egipcios. En total en el sitio se hallaban unas 255 pirámides cushitas, fácil de diferenciar de las egipcias debido a sus proporciones más alargadas.

Al llegar a Meroe el daño causado por el mercenario en busca de tesoros fue irreparable. Ferlini no eligió las pirámides a demoler al azar, sino que se basó en un catalogo realizado por el arqueólogo Frédéric Cailliaud en el que se enumeraban las pirámides en mejores condiciones. Según su lógica, si la pirámide se encontraba relativamente intacta entonces eso incrementaba las posibilidades de hallar un tesoro encerrado dentro de la estructura de la misma.

El saquedor no estaba equivocado, y esto lo verificaría cuando en el cementerio norte demolió la pirámide número 6 que era una de las más grandes e intactas de todas. En primer lugar detonó con una carga pequeña el tetraedro superior, y así con cargas más pequeñas, para evitar destruir el tesoro, fue abriendo camino a través de la estructura hasta hallar la cámara donde encontró joyas y piezas de oro y plata. Ferlini pasó los siguientes dos años demoliendo pirámides, el tesoro que fue acumulando le permitió contratar un pequeño grupo de mercenarios para su protección y volver a Italia en 1836 donde se anunció como un exitoso explorador y arqueólogo ante la sociedad.

Por fortuna, si bien la pérdida arquitectónica fue colosal, las joyas de oro y plata fueron adquiridas en 1838 por Luis I de Baviera y hoy se encuentran resguardadas en el Museo Egipcio de Berlín.

Crocky, el as de las cartas que arruinó a la aristocracia británica y se convirtió en el hombre más rico de Londres

William Crockford era el hijo de una humilde familia de pescaderos establecidos en uno de los sectores trabajadores del oeste Londres a finales del siglo XVIII. Si bien se esperaba que William siga el oficio familiar, este prefirió buscarse la vida jugando a las cartas por dinero y realizando todo tipo de apuestas. A pesar de no poseer una educación formal su talento mental para los números y su memoria privilegiada lo llevaron a convertirse en uno de los mejores jugadores de cartas en los barrios bajos. Su prestigio ganado a fuerza de victorias consecutivas tanto en las cartas como las carreras de caballos le aseguraron la en ese entonces rara oportunidad de movilidad social, y “Crocky”, como lo conocían en el mundo de las apuestas, comenzó a jugar en los establecimientos de clase media de Piccadilly.

Fue en el año 1805 que Crocky dio el gran salto. Ese mismo año un caballero de la aristocracia, dueño del matadero más grande de Londres, con problemas de alcoholismo y que solía frecuentar los establecimientos de Piccadilly decidió reafirmar su orgullo desafiando al prodigioso jugador que “a veces perdía”. Crockford, cuyas derrotas eran casi siempre planeadas, ganaría esa misma noche el equivalente a 300 mil libras actuales y con ese dinero, más allá de retirarse del juego, comenzó su propia casa de apuestas. Si bien en el principio servía a jugadores de clase media y comerciantes, los juegos de dados como el hazard y las apuestas de considerables sumas de dinero contra la casa hicieron que el hijo de pescaderos genere una envidiable fortuna con el tiempo. Es así que a mediados de 1820 se asoció al Watier’s Club, un club que atendía a personajes de la alta sociedad entre los que se encontraban figuras tales como Lord Byron y John FitzGibbon.

La sociedad con el Watier’s Club duraría poco, su dueño, Josiah Taylor, no podía soportar ver a Crocky moviéndose cada noche entre los aristócratas de Londres con la mayor impunidad, como si las divisiones sociales no le importasen y estos, empujados por el alcohol y el juego desmedido, reían con él como si fuese uno más de ellos. La sociedad se rompería en 1827, y meses más tarde, en enero de 1828, Crocky abriría su propio club, el Crockford’s Club a metros del Watier’s Club.

Aristócratas, embajadores, e incluso miembros de la realeza comenzaron a visitar Crockford’s. Además de abrir mesas de juegos que existían en los clubes de clase trabajadora, como las mesas hazard, Crocky había creado el primer club temático de Londres. El mismo era en simultáneo un antro de juego y alcoholismo, pero la decoración era opulenta, la fachada al mejor estilo embajada e incluso el personal estaba siempre exquisitamente vestido. El club otorgaba la combinación perfecta entre los vicios y juegos de las clases más bajas con el confort y el lujo de la aristocracia. Se puede decir que Crockford creó el primer casino moderno, ya que incluyó el acto de bandas musicales y contrató los servicios de Eustache Ude, el más afamado chef francés, para manejar la cocina del establecimiento. Fomentando así una atmósfera festiva y de excesos dentro del club, en el cual se conseguían los mejores vinos y además ofrecía un exclusivo servicio de hotel para quien se encuentre agotado tras horas de juego.

El club fue un éxito gigantesco, movía durante los fines de semana más dinero que el puerto de Londres, y Crocky sólo se dignaba a jugar si la apuesta era millonaria, llegando a ganar tierras y mansiones en unas pocas manos de naipes. El Duque de Wellington, que en el pasado había derrotado a Napoleón en Waterloo, no pudo con el club y perdió una fortuna en sus mesas. Lo mismo ocurrió con Lord Rivers y el conde de Sefton quienes asumieron deudas millonarias. Prontamente, gran parte de la aristocracia británica no sólo había malgastado una fortuna en Crockford’s, sino que además le debía dinero a Crockford, quien oportunamente permitía jugar a cuenta. El conde de Linkwood, por ejemplo, se fue una noche del club habiendo perdido toda su fortuna.

Para 1840, William Crockford, hijo de pescaderos en el oeste trabajador de Londres, era el hombre no perteneciente a la familia real más rico de Inglaterra.

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Kudzu, la planta japonesa que devora el sur de los Estados Unidos

Hace un tiempo habíamos hablado sobre cómo las regiones evacuadas de Fukushima han sido rápidamente cubiertas por la vegetación local. Si bien esto es común, la naturaleza es de hecho implacable reapropiando espacios, lo llamativo era la velocidad con la que todo ocurrió. Esto se debe principalmente a un tipo de planta: el Kudzu.

El Kudzu es una planta nativa del sudeste asiático del género de las Pueraria. Las mismas son enredaderas perennes, resistentes a los insectos y relativamente tolerantes al frío. Se reproducen principalmente de manera asexual mediante esquejes producidos por sus estolones, los cuales echarán raíces y desde allí comenzarán su propia expansión. En otras palabras, la planta irá constantemente formando nuevos nodos, por lo que necesita expandirse rápidamente buscando espacios para dichos nodos. Pero lo que hace al kudzu una especie tan invasiva es que esta también puede reproducirse mediante semillas transportadas por el aire. Es decir, se expande rápidamente por el suelo y además puede extenderse a través de grandes distancias geográficas. Como si lo anterior fuese poco, en la década del 90 se descubrió que incluso si se arranca la planta su raíz puede permanecer durmiente durante más de tres años en el suelo y luego brotar nuevamente.

En el 1876 durante la Exposición del Centenario en Filadelfia, Pensilvania en la cual se festejaban los 100 años de independencia de los Estados Unidos, el pabellón de Japón constaba de un bello jardín japonés adornado con plantas y árboles del país asiático. Uno de estos vegetales traídos a la exposición fue el kudzu, y rápidamente capturó el interés de los visitantes quienes fueron cautivados por su aroma y el uso artístico que se le había dado para cubrir puentes y estructuras del jardín. La planta se volvería relativamente popular en los jardines y parques de Pensilvania.

No obstante, durante la década del 40 el problema de la erosión del suelo a causa del cultivo incesante del algodón en los territorios del sur de los Estados Unidos se había vuelto un problema de estado. Lo que llevó al presidente Franklin D. Roosevelt a iniciar una campaña federal para tirar semillas de kudzu por todo el sur, esperando que su rápido crecimiento ayude a sostener el suelo. Si bien en efecto el kudzu es muy efectivo para combatir la erosión del suelo y también sirve como fuente de alimento para el ganado, el clima del sur de los Estados Unidos resultó ser mucho más favorable que el clima de Pensilvania, un estado del norte. Este clima soleado y los suelos ricos en minerales de la región hicieron que la planta comenzara a expandirse mucho más rápido que en Asia o Pensilvania. En el punto más crítico de la “epidemia del kudzu” este llegó a cubrir una extensión de 610 km2 por año. Cientos de millones de dólares fueron invertidos para detener la expansión violenta de esta especie invasiva, pero nada parecía funcionar ya que el uso de herbicidas estaba restringido debido a que la expansión se daba principalmente en territorios agrarios y poblaciones rurales y la planta parecía tener una resistencia natural contra los herbicidas de menor intensidad. De hecho, el Dr. James Miller, contratado por el Servicio Forestal de los Estados Unidos, descubrió que de los 6 herbicidas aprobados por el gobierno al momento del estudio, la planta era inmune a tres, poco afectada por dos y el último incluso la ayudaba a crecer más rápido. La solución llegó desde China y Japón: resulta que el kudzu tiene un enemigo natural: las cabras. Por lo que durante los años 70 y 80 comenzaron a soltarse decenas de miles de cabras de angora en las áreas más afectadas para así combatir el crecimiento sin control de esta especie.


(Fe de errata, en la imagen pueden verse ovejas devorando kudzu.)

De todas maneras, y si bien las cabras han ayudado en los Estados Unidos, todavía no hay una solución definitiva y en el 2009 se ha detectado la existencia de kudzu en Canada y Australia.

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Chicago, la ciudad construida sobre un pantano que fue elevada 2 metros de altura gracias a la ingeniería del siglo XIX

Uno de los mayores problemas que experimentaron las ciudades más antiguas de los Estados Unidos fue que las mismas crecieron a partir de puestos comerciales que priorizaban el acceso a rutas comerciales tanto marítimas como terrestres. A medida que estos puestos se enriquecían y gradualmente se convertían en pueblos y luego en centros urbanos, sus habitantes entonces comenzaban a sufrir los efectos de la pobre ubicación geográfica.

Chicago fue uno de estos casos, una de las urbes más pobladas y ricas de América del Norte que comenzó como una humilde comunidad agrícola fundada en lo que hoy es el estado de Illinois por Jean Baptiste Point du Sable a finales del siglo XVIII cerca de las costas del Lago Michigan, lo que le otorgaba a la comunidad fácil acceso a los Grandes Lagos y así la posibilidad de comercializar rápidamente sus productos con las áreas más desarrolladas y pobladas de los recientemente independizados Estados Unidos. El problema, entonces, sería que justamente lo que fue su mayor ventaja durante sus inicios se convertiría en su mayor pesadilla a mediados del siglo XIX. La ciudad, que ahora era un pulmón industrial y un centro urbano en constante crecimiento, se encontraba a una elevación similar a la del Lago Michigan, por lo que no se podía construir un sistema de cloacas para la eliminación de aguas residuales ya que para colmo de males la ciudad había sido originalmente construida sobre tierras pantanosas.

La falta de un sistema de desagües cloacales y el terreno pantanoso comenzaron a causar estragos en la población local. Brotes de disentería, fiebre tifoidea y cólera eran comunes, hasta que en 1854 una epidemia de cólera causaría la muerte del 6% de la población de la ciudad. Como suele ocurrir con varias tragedias, lo ocurrido abrió los ojos de las autoridades de la ciudad, y con los aportes monetarios de varias empresas y magnates de Chicago prontamente comenzaron un proyecto para salvar a la ciudad de una nueva epidemia. Algo que ciertamente es más fácil decirlo que hacerlo, y durante dos años infinidad de ideas, muchas de estas simplemente imposibles, fueron sugeridas por varios industrialistas e ingenieros para solucionar el problema. La solución llegó dos años más tarde, de la mano del ingeniero Ellis S. Chesbrough: levantar el centro de la ciudad utilizando un ejercito de trabajadores y sistemas mecánicos en serie para elevar varios edificios y calles y así construir el sistema de cloacas.

La tarea fue monumental, y requirió el trabajo de varios miles de obreros y fábricas dedicadas enteramente a construir las herramientas y maquinarias necesarias para la operación. El primer edificio en ser elevado fue un edificio de 750 toneladas largas, hecho enteramente con ladrillos y de 4 pisos de altura. El mismo se utilizó como prueba piloto, delegando la operación a los ingenieros James Brown y James Hollingsworth. Para la prueba piloto se empleó un sistema de gatos de tornillo industriales utilizados para levantar barcos, y su éxito alentó a varias compañías de ingeniería y magnates de la región a apoyar el proyecto. Rápidamente se juntaron los fondos necesarios para elevar a más de 50 edificios en menos de un año, y para 1865 la mayoría de los edificios del centro de la ciudad ya habían sido elevados. Muchos otros incluso fueron también ubicados en un nuevo lugar, cambiándolos de calle o removiéndolos del centro de la ciudad y llevándolos hacia los territorios más elevados al Este de Chicago.

La práctica de elevar edificios se hizo rutina ya para 1860 con docenas de proyectos teniendo lugar al mismo tiempo, y entre los más notorios se encontraban edificios tales como la Tremont House, un mastodonte de 6 pisos y 4000 metros cuadrados, para el cual se utilizó el trabajo de más de 550 hombres y se emplearon 5200 gatos de tornillo industriales debiendo cavarse una serie de trincheras extra bajo el edificio para emplazar refuerzos estructurales. Tras finalizar la obra el edificio había sido elevado mas de 1,8 metros. El proceso era relativamente simple, en primer lugar se realizaba un estudio detallado de las fundaciones, las paredes y columnas; luego se cavaban trincheras por las cuales se pasaban vigas; cada extremo de viga se apoyaba sobre uno o más gatos de tornillo los cuales a su vez se apoyaban sobre una fundación secundaria creada para soportar el peso relativo que dicho gato levantaría, y luego cada gato sería operado por un hombre, que girarían en un grado las palancas de los tornillos al unisono comandados por varios capataces que coordinaban con silbatos cada serie de puja.

Una tragedia que se terminó convirtiendo en una ventaja
La mayoría de los fondos para salvar a la ciudad provinieron de donaciones realizadas por magnates e industrialistas, por lo que las finanzas de la ciudad no se vieron perjudicadas. De hecho, los requerimientos de semejante obra faraónica llevaron a que varias empresas se muden a la ciudad para suministrar los equipos necesarios, recibiendo además un gran influjo de mano de obra calificada que permaneció en la ciudad incluso tras terminada la obra.

Las estatuas parlantes de Roma, un medio para descargar el descontento popular con origen en el siglo XVI

En Roma existen seis estatuas las cuales se han vuelto un símbolo y emblema de la protesta y el enojo popular. Estas se denominan como las statue parlanti di Roma, o estatuas parlantes de Roma, y permitieron a lo largo de los siglos, incluso durante las épocas de mayor represión ideológica y política de la ciudad, que los habitantes de la misma peguen o cuelguen carteles ya sea con epigramas o poemas comentando y enumerando sus descontentos y criticas hacia las autoridades o la situación social del país siempre con un tono cínico o ácido y a la vez con mucho humor.

La tradición no es nada nueva, y se remonta hacia varios siglos en el pasado llegando a haber desatado la ira de las figuras de poder más importantes de Roma a causa de los mordaces y ácidos mensajes dejados por los protestantes de manera anónima. De hecho, una las más famosas estatuas parlantes, Il Pasquino, irritó a tal punto al Papa Adriano VI en el siglo XVI que este quiso arrojarla al río. No obstante, como la misma es una estatua que se remonta a la época final del Imperio Romano y las autoridades católicas de la época no estaban seguras si se trataba de un hombre cualquiera o uno de los primeros santos ya que la estatua había sido desenterrada de pura casualidad mientras se renovaba un camino de la ciudad; el irascible Papa no pudo salirse con la suya, debiendo de conformarse con ordenar la presencia de una guardia militar permanente junto a la misma para evitar así que los sagaces críticos siguiesen dejando mensajes con críticas a la iglesia y burlas contra su persona. Hoy en día se sabe que la obra en realidad representa al rey espartano Menelao, uno de los protagonistas de La Iliada. Il Pasquino fue la primera de todas las estatuas parlantes, y con ella se inició una tradición centenaria, la cual, irónicamente, quizás nunca se hubiese popularizado si Adriano VI hubiese sabido soportar de manera más adulta las críticas.

Cada una de estas estatuas tiene generalmente un tópico en el cual se especializan. Por ejemplo, otra de las estatuas parlantes, la estatua de Madama Lucrezia, la amante del rey de Nápoles, generalmente suele sostener carteles mencionando las varias infidelidades y desfachatadas aventuras de algunos políticos italianos. Con Berlusconi Lucrezia ciertamente se hacía un festín. Así mismo, se encuentra también la estatua del Abate Luigi, también de la época final del Imperio Romano y caracterizada por sus constantes mudanzas, ya que la misma fue cambiada de lugar una docena de veces. Durante una de estas mudanzas uno de los trabajadores perdió el equilibrio y la estatua cayó al piso de cabeza, pulverizando la misma en el proceso. Desconcertados, las autoridades de la ciudad ordenaron a uno de los museos a remplazar la cabeza original de la estatua por alguna otra en su colección que no tuviese cuerpo. Por dicha razón se considera que la estatua “perdió la cabeza” y generalmente se deja en ella mensajes relacionados a la locura y problemas de juicio.

Si bien se las denomina conjuntamente a las seis como estatuas, algunas son fuentes. En total estas son: Pasquino, en la Plaza de Pasquino; Madama Lucrezia, en la Plaza San Marco; Marforio en los Museos Capitolinos; la Fontana del Babuino, en la vía del Babuino; la Fontana del Facchino, en la vía Lata y la estatua del Abate Luigi, en la Plaza Vidoni.

El sombrerero enloquecido por los vapores de mercurio que fue la inspiración de Lewis Carroll

Alice’s Adventures in Wonderland de Lewis Carroll es uno de esos libros con múltiples interpretaciones dependiendo de la edad en la que se lo lea. Repleto de eventos fantásticos y personajes extraños es el Sombrerero Loco uno de los personajes más famosos e inolvidables no sólo de ésta obra sino de la literatura de fantasía en su conjunto. Su singular excentricidad, locura que a la vez parece por momentos un tanto cuerda y carisma inagotable son algunas de las características que hacen de éste un personaje tan entretenido. Si bien el libro en sí es una obra digna de una imaginación única y privilegiada, curiosamente Carroll no debió de haberse esforzado mucho a la hora de crear a éste personaje, ya que de hecho los sombrereros de su época estaban todos locos.

El proceso de curación que requerían los diferentes materiales que conformaban los sombreros de copa de antaño requería, entre otros materiales, la utilización de nitrato de mercurio. Si les llegaba el éxito, más sombreros debían producir y por ende respirar más y más vapor de mercurio en su trabajo, volviéndose así completamente locos y excéntricos. Por dicha razón la población en general comenzó a asumir que el arte de realizar sombreros era “un oficio de locos”. Muchos de éstos sombrereros además terminaban padeciendo una condición denominada como “hatters’ shakes” (temblores de sombrereros) causada por el daño nervioso que causaba el vapor de mercurio. No fue sino hasta 1869 que la Academia Nacional de Ciencias francesa describió el problema y sus causas, y recién en 1898 comenzaron a implementarse las primeras regulaciones obligando a los sombrereros tanto artesanales como las manufactureras industriales de sombreros a utilizar protección respiratoria durante el proceso de curado de materiales.

El verdadero sombrero loco, fue de hecho un sombrerero loco en la vida real. Theophilus Carter fue un singular personaje que trabajaba principalmente en Oxford y que solía pararse en la puerta de su negocio vistiendo un llamativo sombrero de copa y gritándole a todo el mundo que pasara cerca de su establecimiento. Theophilus era una bomba de tiempo, ya que no siempre enloquecía, sino que a veces se trenzaba en intensos debates sobre varios temas de los cuales tenía un conocimiento privilegiado, por lo que mucha gente corría el riesgo y se acercaba a hablarle. No sólo su presencia era llamativa, sino sus invenciones y maquinarías eran realmente asombrosas, entre ellas una “cama despertador” que al momento de despertar a su “víctima” ésta accionaba un mecanismo inclinado que tiraba a quien esté durmiendo al piso. El mismo Sir John Tenniel, ilustrador de Carrol, viajaria a Oxford para darle vida al sombrero de Alicia inspirándose en la figura de Theophilus.

El hombre que se salvó de la horca ante un tribunal de cazadores de brujas admitiendo que era un hombre lobo, pero eso sí, al servicio de Dios para matar brujas

No hay nada más fascinante y entretenido que las historias de personajes carismáticos y con mucho pensamiento lateral que se salvan a si mismos o a otros de las situaciones más difíciles y peligrosas no con el uso de la fuerza bruta sino gracias a su audaz lengua, y Thiess, un curandero que vivió en Livonia en el siglo XVII es el mejor ejemplo de ésto.

Los licántropos, u hombres lobos, son una parte fundamental de las culturas germánicas, eslavas, escandinavas y bálticas, en el pasado ya habíamos hablado del hombre lobo de Ansbach, una leyenda que resultó ser cierta, aunque no se trataba de un ser mitológico per se sino más bien de una jauría hambrienta de lobos que diezmó un pueblo en el 1685 y eso causó una histeria masiva.

Nuestra historia también tuvo lugar a finales del siglo XVII, más precisamente en 1691, y esto no es casualidad, ya que durante este período la transición de los poblados en pequeñas ciudades y la extensión de los territorios de pastoreo del ganado llevaron a una mortal colisión con el territorio de muchas jaurías de lobos. Uno de estos pueblos fue Jurgenburg, Livonia (territorio báltico que ocupó gran parte de lo que hoy en día es Lituania). Una serie de cosechas fallidas y ganado perdido a los lobos llevó a una histeria masiva entre los pobladores, sobretodo porque varios de éstos acontecimientos habían ocurrido durante las fiestas de Santa Lucia y de San Juan, y varias turbas iracundas comenzaron a formarse para linchar a cualquiera que sospechasen de brujería.

Para evitar que el pueblo descienda en una guerra civil entre acusadores y acusados, las autoridades formaron un tribunal para juzgar a cualquiera que se sospechase de ser hombre lobo o brujo, quienes por supuesto eran vagabundos, borrachos y, en el caso de nuestro protagonista, un curandero. Ahora, juzgar es una palabra utilizada con mucha ligereza en éste contexto, ya que en realidad la única intención del tribunal era calmar a las turbas “haciendo justicia” contra los seres maléficos. Salvarse o ser exonerado por los mismos era tarea casi imposible, pero no para Thiess, un hombre que supo jugar con las frágiles y supersticiosas mentes de los pobladores en su favor. Cuando se le preguntó si era un hombre lobo Thiess rápidamente confesó que sí, que en efecto era un hombre lobo. Esto dejó atónito a todo el mundo, y rápidamente comenzaron a pedir por la hoguera (más purificador que la horca), pero Thiess dijo que matarlo sería un error ya que su licantropía no era una enfermedad sino que se trataba una bendición. Esto, por supuesto, confundió a todo el mundo por lo que rápidamente y con su pellejo dependiendo de sus palabras Thiess pasó a relatar las causas de los problemas con las cosechas: Todo comenzó cuando un poderoso brujo llamado Skeistan junto a otros brujos tenían la meta de robarse todo el grano del pueblo y llevárselo al infierno. Thiess, ahora en papel de héroe, descendería al infierno junto a otros hombres lobo protegidos por Santa Lucia y San Juan y lucharían con los brujos por el grano utilizando barrotes de hierro mientras que los primeros utilizarían escobas encantadas. Entre otras de las tantas cosas que le relató a los jueces estaba la del hecho que, a los hombres lobo, les encantaba poner sal en su pan con manteca.

Hans Peter Duerr, un famoso antropólogo alemán moderno que escribió algunas de las mejores obras sobre los mitos de licantropía en Alemania y sus alrededores, halló parte del archivo original de la transcripción del relato de Thiess:

“Comúnmente, ellos [los brujos] fueron al Infierno tres veces, durante la noche del Pentecostés, de San Juan y la noche de Santa Lucia; en lo que concierne a las dos primeras noches, no fueron exactamente en esas noches, sino que más tarde cuando el grano está para cosecharse ya que es el tiempo en el que las semillas se forman en el que los brujos eliminan las bendiciones y lo llevan al infierno. Es en ese mismo momento cuando los licántropos toman por su cuenta la tarea de recuperar el grano.

Confundidos, y ante un público enteramente en silencio escuchando el relato, los miembros del tribunal le preguntarían al hombre qué fue de los otros hombres lobo, a lo que Thiess respondió que sus almas fueron llevadas a al cielo, y que los hombres lobo eran en realidad los “canes de Dios” utilizados para luchar contra el demonio y evitar que éste robe la abundancia de la tierra. Remarcando además que los hombres lobo eran muy comunes en Rusia y Alemania, pero debido a que los brujos y brujas al servicio del demonio constantemente desparramaban mentiras en su contra el populacho les temía. Al escuchar lo anterior el cura del pueblo intentó bendecirlo, pero el supuesto hombre lobo le dijo que no necesitaba de su bendición, ya que era un hombre más pío aun que el mismo religioso.

Las palabras de nuestro acusado asustaron aun más al pueblo, quienes ahora pensaban que había cientos de brujos y hombres lobos, por lo que para calmar las aguas y no crear aun más histeria el tribunal decidió no ahorcarlo, ya que “claramente no se trataba de un hombre lobo sino de un loco”, con su breve relato e imaginación Thiess había logrado cambiar el sentido y motivo del tribunal, el cual en primera instancia era ahorcar a un par de vagabundos y borrachos para calmar a la turba, pero que, no obstante, ahora debía no hacerlo para no generar aun más histeria.

Thiess sería sentenciado sólo a 10 latigazos por idolatría, salvándose de la horca y convirtiéndose en un héroe popular en los países bálticos.

El último insulto a Lavoisier

En el pasado habíamos hablado lo injusta y despiadada que fue la ejecución de Lavoisier, uno de los más grandes científicos en la Historia. Traicionado, acusado injustamente y decapitado sin reparo alguno, aunque posiblemente el desprecio que sufrió durante y tras su ejecución fue aun peor que cualquier daño físico.

Éste hombre fue el científico que descubrió y nombró el oxígeno, nombró el hidrógeno (descubierto anteriormente por Cavendish pero explicado y nombrado por Lavoisier), creó los primeros modelos químicos de los procesos de combustión, estudió los procesos de oxidación, dio por obsoleta la teoría pseudo-científica del flogisto, impuso el método científico en el estudio de los elementos y avanzó notablemente el uso de procesos químicos en la agricultura entre otros logros, fue ejecutado en la guillotina debido su origen noble y su rol como tesorero del fisco en el pasado, labor a la que nunca le dio importancia ya que su mente estaba completamente ocupada con sus estudios científicos. Durante su juicio rogó no por su vida, sino porque se le permitiese continuar con sus estudios, pero el juez le replicaría que:

“La República no necesita ni científicos ni químicos, el curso de la justicia no puede ser detenido”

El último insulto
Pero quizás el último insulto vino casi un siglo después de su ejecución de manos de una tierra que nunca lo apreció ni respetó como se debía. La única estatua que se erigió en su honor en más de un siglo fue hecha a regañadientes, por un escultor poco interesado y mal pago que utilizó como modelo la cabeza de otra persona, el Marqués de Condorcet, por “no tener tiempo y aprovechar que ya tenía la otra”, y peor aun, durante la Segunda Guerra Mundial la misma fue cortada por su base, rebanada en partes, y fundida por su metal. La estatua nunca fue remplazada.

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El hombre que pensó distinto a todos y logró traducir los jeroglíficos egipcios

Piedra de RosettaUn 15 de Julio de 1799 un grupo de soldados Franceses se encontraban reparando los muros del Fuerte Julien, un fuerte originalmente Otomano capturado por los franceses. Sin saberlo realizarían uno de los hallazgos más importantes de los siglos XVIII y XIX. Al reforzar una de las paredes, corrieron una gran piedra utilizada como cimiento por los Otomanos durante la construcción del fuerte, fue prontamente el capitán e ingeniero Pierre-François Bouchard, que se encontraba guiando los trabajos de reparación, quien se dio cuenta que esa roca que los Otamanos habían enterrado como si fuese una piedra más tenía en realidad un gran valor arqueológico. Si algo hicieron los soldados franceses fue toparse con reliquia perdida tras reliquia.

La piedra contenía el mismo texto en tres lenguajes distintos: el egipcio antiguo, el demótico y el Griego antiguo. El demótico era una versión simple del egipcio antiguo con origen entre las clases populares del Delta del Nilo, de aquí su nombre en griego dimotika (habla popular). Los escribas de menor rango e incluso las clases populares podían dejar su legado escrito en demótico, a diferencia de los jeroglíficos sólo utilizados por los escribas de alto rango.

El mismo Napoleón poseía un gran interés por la cultura del Egipto antiguo, por lo que ordenó a sus soldados recolectar cualquier reliquia que hallasen, muchas de estas semi enterradas o completamente descuidadas. Algo común tras la caída de un gran imperio, recordemos como las finísimas losas de mármol del Foro Romano y tantos otros edificios fueron destripadas de sus edificios para crear paredes de chiqueros en la Roma medieval.

Oficial napoléonico en Egipto

La importancia de la piedra fue notada desde un principio y varias copias de la misma fueron realizadas y enviadas a varios museos, si bien el artefacto se estudió intensivamente durante más de dos décadas no fue hasta 1822 que Jean-François Champollion logró traducirla y crear el primer diccionario de jeroglíficos. Todos sus antecesores consideraban al egipcio como un lenguaje simple, primitivo, cuyos símbolos representaban simples alegorías. Traducirlo, creían, requería entender las alegorías de los símbolos. Tanto los contemporáneos a Champollion como los del pasado, sólo Ibn Wahshiyya llegó a sugerir que podían llegar a formar un alfabeto, no obstante falló en su intento.

Presentación de la piedra de Rosetta
(Presentación de la piedra)

Piedra RosettaPero Champollion pensó distinto, el no creía que esos hombres que erigieron las pirámides escribiesen con simples alegorías gráficas (algo que mucha gente todavía cree), y así comenzó a buscar patrones, series de repetición, familiaridades ente grupos de símbolos e incluso frecuencias entre los distintos símbolos. Eventualmente descubrió algo sorprendente, no se trataba de un sistema puro de escritura como el alfabético sino que era un complejísimo sistema mixto de morfemas logográficos que servía para representar, en efecto, de manera alegórica ideas pero que además incluía 24 caracteres de consonantes simples cuya función se asemejaba a la de un alfabeto y se complementaba incluso con glifos fonéticos.

Jean-François ChampollionLo más sorprenderte es cómo Champollion comenzó a desenmarañar el problema. Primero se dio cuenta que los egipcios encerraban ciertos nombres y palabras en cartuchos (una especie de borde ovalado), por lo que buscó en monumentos los jeroglíficos que representaban los nombres de los personajes honrados en dichas obras, especialmente el de Cleopatra en el Templo de File. Es así que llegó a una conclusión fascinante: los jeroglíficos también contenían un componente alfabético, algo que no era obvio a priori ya que como se mencionó anteriormente era un sistema de escritura mixto en el cual convivían ciertos símbolos logográficos que permitían resumir conceptos o palabras comunes en simples símbolos alegóricos y un sistema alfabético.

Piedra de Rosetta

Pero no terminaba allí, además de lo anterior descubriría que poseía un sistema de redundancia fonética mediante complementos fonéticos, similar a los vistos el lenguaje escrito Maya o en el kanji japonés. Una misma palabra podía escribirse de manera distinta si se le adicionaba su componente fonético

Curiosamente Champollion debió trabajar con copias, ya que no tuvo acceso a la piedra original (tras la derrota de Napoleón en Waterloo los Británicos tomaron posesión de la piedra y la enviaron al Museo Británico).

Y qué decía la piedra
El texto en la misma hace al Decreto de Menfis, y la Piedra de Rosetta no fue única, sino que cientos de estas fueron realizadas y expuestas en plazas y mercados para comunicar el decreto. En efecto, como se aprecia en las imágenes la Piedra de Rosetta estaba dañada y su texto incompleto, gracias al hallazgo de otras de estas piedras, como la estela de Noubarya, se pudo completar el texto entero

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El automóvil más viejo del mundo que aun funciona

Construido en 1884 y propulsado a vapor, éste De Dion-Bouton et Trepardoux, mejor conocido con La Marquise ha roto todos los récords no sólo por ser uno de los automóviles más viejos del mundo, sino porque aun funciona como el primer día. Ciertamente, ya no los hacen como antes.

Como apreciamos en el video, encender el motor del mismo era todo un tabajo, un proceso que requería más de media hora hasta que la caldera almacenera suficiente vapor como para poner al vehículo en marcha.

Mientras La Maqruise recorría las calles de París atrapando todas las miradas, en Alemania un ingeniero llamado Karl Benz se encontraba arduamente trabajando en algo revolucionario, un motor a combustión interna lo suficientemente pequeño como para funcionar en un vehículo de dimensiones similares a las de un carruaje. Benz ya había patentado un motor en 1878, pero la versión de 1885 era algo completamente distinto y verdaderamente revolucionaria. Un año más tarde, en 1886, construiría en Mannheim la primer versión de su mítico Motorwagen.

El trágico destino de los moriori, la tribu que odiaba la violencia

Los moriori eran una civilización muy avanzada para su tiempo, creían en la paz total y el entendimiento. Si bien ciertamente creo (o al menos espero) que el dialogo y la paz es el futuro que la humanidad merece y debe de trabajar duro para algún día alcanzar, todavía estamos demasiado lejos de esto. Infortunadamente los moriori intentaron ser absolutamente pacifistas en un tiempo y contexto donde reinaba la ley del más fuerte, sin reparar en al menos adoptar una postura de no agresión pero con cierta capacidad de defensa; por el contrario, negaron la violencia incluso cuando era en defensa propia.

Arte MorioriTodo comenzó a finales del siglo XV, cuando Nunuku-whenua, el lider de la tribu polinésica Hamata de los moriori llevó a su gente a las Islas Rēkohu, deshabitadas en ese entonces. Asqueado de las guerras que atestiguó durante su juventud, Nunuku estableció una serie de leyes que prohibían la guerra, la violencia, el canibalismo y el asesinato sea cual fuese el motivo. Eventualmente comenzaron a progresar en las islas, lo que impulsó a los otros moriori a migrar hacia las mismas y vivir en paz.

En 1791 llega a la isla el HMS Chatham, de la armada británica (de aquí que hoy se conoce a las islas como las Islas Chatham). Su tripulación establecería una pequeña base y al encontrar a los moriori muy pacíficos nunca entraron en conflicto con éstos, sólo comerciando de vez en cuando e intercambiando alimentos por cuerdas, lámparas y materiales de herrería.

No obstante, los tiempos oscuros llegaron en 1835, cuando alrededor de 900 guerreros maoríes desembarcaron en las islas. Los mismos cometerían atrocidades inimaginables, las cuales incluyeron desde la esclavización de niños hasta violaciones masivas y asesinatos rituales, en una oportunidad llegaron a masacrar al 10% de la población de las islas; obligando además a los sobrevivientes a defecar en las tumbas de sus ancestros e incluso a empalar vivas a decenas de mujeres en las playas. Este nivel de odio y violencia es totalmente inexplicable, ya que los moriori ni siquiera intentaron defenderse o presentar resistencia, por lo que no puede aducirse rencor alguno ante estas inhumanas acciones.

Guerreros maoríes

(Los maoríes eran una cultura guerrera por excelencia. Constantemente en expansión, altamente territoriales y con una habilidad de combate única. Con sus rostros y cuerpos enteramente tatuados atormentaban incluso hasta a los marinos del Imperio Británico.}

Los marinos británicos en las islas nunca intervinieron, ya que la relación con los maoríes era extremadamente tensa y no querían arriesgar desatar un conflicto en las colonias de Nueva Zelanda, ni ofender a los maoríes aliados al Imperio Británico contra las tribus maoríes más fuertes. Esta pasividad probaría haber sido inútil, ya que menos de 9 años después el Imperio Británico entrarían en guerra contra la gran mayoría de las tribus maoríes en las llamadas Land Wars (Guerras de Nueva Zelanda)

30 años después de la invasión maorí sólo menos de 100 Moriori quedaron con vida, y las antiguamente llamadas Leyes de Nunuku pasaron a llamarse como la Maldición de Nunuku.

Los muebles mecánicos de la realeza francesa

David RoentgenDurante mediados del siglo 16 al siglo 19 en Francia se desarrolló y extendió una fascinante manera de construir muebles. La misma, nutrida por los desarrollos técnicos de la revolución industrial y las fastuosas cantidades de dinero que la alta sociedad francesa pagaba por muebles, buscó desarrollar finas piezas las cuales, en su modo de reposo, ocuparan poco lugar pero que al ser accionadas se expandieran brindando funciones y prestaciones extras, siempre escondidas en sus entrañas

Si bien varios artesanos se dedicaron a realizar estas piezas, fueron David Roentgen y su hermano Abraham los ebanistas e ingenieros pioneros que convirtieron el mobiliario mecánico en una ciencia.

El escritorio mecánico
Denominado como el “escritorio secretaria“ esta magnífica pieza, creada hace más de 200 años, se reconfiguraba automáticamente y todos sus compartimientos y funciones se activaban a través de botones. Todo al ritmo de una melodía intercambiable a través de cajas musicales.

La mesa de los diez juegos
Para ser utilizada en estudios, permitía, sin ocupar mucho espacio, jugar varios tipos distintos de juegos de mesa e incluso ser utilizada como escritorio.

La mesa expandible a llave de Oeben
Si bien ésta en particular no es una creación de Roetgen, esta animación 3D creada por el Museo Getty nos permite apreciar la complejidad de estos muebles.

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