Un ‘dandy’ extremadamente obsesivo
Siguiendo con nuestra serie de personajes excéntricos y fuera de serie, esto último no siempre en un buen sentido, nos toca el turno de conocer, quizás, al ser más vanidoso de la historia: George ‘Beau’ Brummell. Nacido en la última mitad del siglo XVIII, vería morir a su tempranamente, y de quien recibiría una relativamente moderada herencia. Tras esto, George, decidiría seguir los pasados de muchos jóvenes de clase media-alta británica, y se enrolaría en un regimiento de caballería. Lugar en el que haría migas con el Príncipe de Gales. No obstante, la acción no era lo suyo, y prontamente renunciaría al ejército para dedicarse a seguir a una vida más “sociable” en Londres. Ciudad en la cual, gracias a su amigo Real, tendría acceso a fiestas y galas de la alta alcurnia.
De excelente vestir y pulcritud obsesiva, su finura y excelente oratoria lo llevarían a hacer amistades con personajes tales como Henry Mildmay y Lord Alvanley, famosos integrantes del “Dandy Club”. Consistiendo su rutina diaria en ir de fiesta en fiesta. Es en este punto de su vida en el cual su obsesión y vanidad cuasi-narcisista crecerían a alturas legendarias -muy para el pesar de sus finanzas, ya que las deudas del dandy crecían a la par como montañas.-
Prontamente los rumores sobre su obsesiva pulcritud, irónicamente, en lo que a rumores respecta, reales en su mayor parte, se volverían el tema de charla preferido de la alta sociedad. Y no era para menos, Brummell dedicaba de 6 a 9 horas de su día a su aseo y vestimenta. Según palabras del mismo Brummell, todo caballero que se considerase como tal no debía lustrar sus botas con otra cosa que no fuese espuma de champagne; los guantes, sobretodo, debían ser reemplazados al menos unas seis veces diarias y el cuello largo o el pañuelo corbata siempre debían de estar perfectamente almidonados.
Si bien Brummell no consideraba los atuendos llamativos como de buen gusto, su obsesión con la perfección era tal que llegaba a retener a sus sastres por varias horas, sin dejarlos marchar hasta que éstos lograran tomar las medidas perfectas de su figura, ni un milímetro más ni un milímetro menos. Esto ya que consideraba a este tipo de errores como la “mayor ofensa al buen gusto”. Incluso, según relatos de su amigo Lord Alvanley, Brummell a pesar de sus fuertes deudas siempre enviaba a lavar sus trajes a Francia ya que, según sus palabras, Inglaterra carecía del toque y la calidad franceses. Y esto, además, sin mencionar las costosas cremas y lociones que utilizaba para su rostro y cuerpo. De hecho, Brummell fue uno de los primeros hombres en utilizar cremas para afeitar, llegando muchas veces a crear sus propias recetas para así lograr la combinación perfecta entre aroma y textura.
Beau, como era conocido por todos, se convertiría en la figura número uno de la moda y el buen gusto. De hecho, sus consejos y opiniones eran muy preciados entre los caballeros de la alta sociedad. Sin embargo, su fama no lo salvaría de sus deudas, que terminarían arruinándole. Sólo gracias tras una intervención de Alvanley, conseguiría un modesto puesto en el consulado de Caen. Brummell moriría pobre y en el olvido a causa de la sífilis en el 1840.
Hoy lo redime su estatua, ubicada en la Jeremy street, calle en la que se encuentran los negocios más costosos de ropa para hombres.




Este artículo fue publicado el: 10/07/09 a las 7:06 am,y se encuentra archivado bajo las categorías: