Oscar Wilde
Como estoy con muchas tareas en este momento y no quiero dejar de publicar algo el día de hoy, pero como tampoco me gusta publicar por publicar ya que no tiene sentido, decidí regalarles con dos bellísimos poemas en prosa de Oscar Wilde. El primero que elegí es uno relacionado a Narciso -recordarán que les comenté sobre este episodio de la mitología Griega, donde Narciso ve reflejada en el río su imagen y se enamora a tal punto de olvidarse de su propia vida-. Wilde continúa la historia, luego de la muerte de Narciso, con una maestría poética inigualable.
El discípulo
Cuando Narciso murió, el río de sus delicias se transformó de una
copa de agua dulce en una copa de lágrimas saladas, y las Oréades vinieron
llorando por los bosques a cantar junto al río y a consolarle.
Y cuando vieron que el río habíase convertido de copa de agua dulce
en copa de lágrimas saladas deshicieron los bucles verdes en sus
cabelleras. Y gritaban al río y le decían:
-No nos extraña que le llores así. ¿Cómo no ibas a amar a Narciso con
lo bello que era?
-¿Pero Narciso era bello?
-¿Quién mejor que tú puede saberlo? -respondieron las Oréades- Nos
despreciaba a nosotras, pero te cortejaba a ti, e inclinado sobre tus
orillas, dejaba reposar sus ojos sobre ti, y contemplaba su belleza en el
espejo de tus aguas.
Y el río contestó:
-Si amaba yo a Narciso, era porque, cuando inclinado en mis orillas,
dejaba reposar sus ojos sobre mí, y en el espejo de sus ojos veía
reflejada yo mi propia belleza.
El artista
Un día nació en su alma el deseo de modelar la estatua del «Placer
que dura un instante». Y marchó por el mundo para buscar el bronce, pues
sólo podía ver sus obras en bronce.
Pero el bronce del mundo entero había desaparecido y en ninguna parte
de la tierra podía encontrarse, como no fuese el bronce de la estatua del
«Dolor que se sufre toda la vida».
Y era él mismo con sus propias manos quien había modelado esa
estatua, colocándola sobre la tumba del único ser que amó en su vida.
Sobre la tumba del ser amado colocó aquella estatua que era su creación,
para que fuese muestra del amor del hombre que no muere nunca y como
símbolo del dolor del hombre, que se sufre toda la vida.
Y en el mundo entero no había más bronce que el de aquella estatua.
Entonces cogió la estatua que había creado, la colocó en un gran
horno y la entregó al fuego.
Y con el bronce de la estatua del «Dolor que se sufre toda la vida»
modeló la estatua del «Placer que dura un instante».




Este artículo fue publicado el: 16/02/06 a las 2:32 pm,y se encuentra archivado bajo las categorías: